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Unoporciento

Mt 28,1-10

Salieron del sepulcro con temor y gran alegría

El relato de la pasión y muerte de Jesús en la cruz, según San Mateo, concluye detallando su sepultación: «José (de Arimatea) tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en el sepulcro nuevo suyo, que había hecho excavar en la roca; luego, hizo rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro y se fue. Estaban allí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro» (Mt 27,59-61). El sepulcro quedó, entonces, cerrado por «una gran piedra». Esta ubicación del cuerpo de Jesús era de emergencia y provisoria, hasta que pasara aquel sábado, que era muy solemne, porque correspondía a la Pascua de los judíos. Al día siguiente, el sábado, los Sumos Sacerdotes y los fariseos quisieron asegurar más aun el sepulcro y dijeron a Pilato: «Señor, recordamos que ese impostor dijo cuando aún vivía: “A los tres  días resucitaré”. Manda, pues, que quede asegurado el sepulcro hasta el tercer día» (Mt 27,63-64). Pilato les concedió una guardia y «ellos fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y poniendo la guardia» (Mt 27,66). Esta era la situación al comenzar ese tercer día, es decir, el primero de la semana.

«Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro». No las lleva otra intención que «ver el sepulcro», es decir, estar cerca del lugar donde ellas mismas vieron que fue puesto el cuerpo de Jesús. No tienen esperanza de «ver a Jesús» –su cuerpo sin vida, se entiende– porque se interpone la «gran piedra», ahora «sellada», y la guardia, compuesta de varios soldados (el relato dice más adelante: «Algunos de ellos...»). Esas dos  mujeres están muy lejos de sospechar siquiera que el cuerpo de Jesús ya no estaba allí. Humanamente, era imposible verificarlo; la continuación del relato nos informa cómo fue concedido a ellas hacerlo.

«De pronto se produjo un gran terremoto, pues el Ángel del Señor bajó del cielo y, acercandose, hizo rodar la piedra y se sentó encima de ella. Su aspecto era como el relámpago y su vestido, blanco como la nieve». ¡Es una intervención divina! Ante esto los guardias no tienen nada que hacer: «A causa del temor ante él (el Ángel), los guardias se estremecieron y se quedaron como muertos». El Ángel los ignora completamente; su objetivo es hablar a las mujeres: «Ustedes no teman. Sé que buscan a Jesús, el crucificado; no está aquí... Vengan a ver el lugar donde yacía». El acceso había quedado expedito, porque el Ángel había hecho rodar la piedra y los guardias estaban como muertos. Pudieron verificar que el cuerpo de Jesús no estaba allí. Pero, ¿cómo pudo salir? Eso lo responde el Ángel, diciendoles: «¡Ha resucitado!, como lo había dicho». No sólo eso, sino que su condición actual es tal que no lo confina ni una roca, ni guardia alguna. Sobre todo, no lo confina ya la muerte. La muerte ha sido vencida. El Ángel, entonces, hace de ellas las primeras mensajeras de esta verdad: «Vayan de prisa y digan a sus discípulos: "Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de ustedes a Galilea; allí lo verán"». La frase siguiente del Ángel constata que él ya ha concluido su mensaje: «Vean, lo ha dicho a ustedes». Ahora la continuación corresponde a ellas.

El Evangelio nos informa sobre el estado interior de las mujeres: «Saliendo de prisa del sepulcro, con temor y gran alegría, corrieron a anunciar a los discípulos». ¿Cómo pueden convivir en una persona el temor y una gran alegría? El temor y la alegría ¿no son más bien excluyentes? Es que se trata de un temor muy distinto del que engendran los peligros de este mundo, que paraliza y produce inquietud y angustia. Se trata del temor ante el «Ángel del Señor», expresión que en la Biblia suele expresar la presencia de Dios mismo. Este temor aterra y paralogiza a unos, como ocurre con los guardias; para otros, en cambio, el temor de Dios es un don del Espíritu Santo y convive siempre con la alegría, con «una gran alegría». Es lo que experimentaron las mujeres en ese momento.

Perdura, sin embargo, un problema que seguramente se presenta a las mujeres mientras van corriendo. ¿Cómo es Jesús resucitado? ¿Qué dirán ellas a los discípulos sobre su aspecto? Ciertamente, puede ser visto, porque el mensaje que deben transmitir dice: «Lo verán». Pero, ¿es cuerpo real, se puede tocar?, pues es claro que atraviesa las piedras. Todas estas dudas las resuelve el mismo Jesús resucitado: «En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: “¡Alégrense!”. Y ellas, acercándose, lo tomaron de sus pies y lo adoraron». Jesús no agrega nada al mensaje que ya llevaban: «Vayan y anuncien a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán»; pero lo agrega todo, pues ahora el testimonio de ellas se basa en una experiencia personal; ahora ellas podrán dar su mensaje diciendo: «Hemos visto al Señor resucitado». María Magdalena y la otra María fueron las primeras que vieron a Jesús resucitado, que abrazaron sus pies y pudieron verificar que era de carne y huesos, que escucharon su voz y que lo adoraron. Ellas dieron testimonio de Jesús resucitado ante los mismos apóstoles.

La afirmación: «¡Cristo ha resucitado!» es la que funda la fe de la Iglesia. Es la afirmación de que ha sido vencida la muerte, que es el salario que se debe pagar al pecado (cf. Rom 6,23); es, por tanto, la afirmación de que se nos ha concedido la liberación del pecado. San Pablo demuestra la resurrección de Cristo basándose en el hecho empírico de la santidad de los primeros cristianos: «Si Cristo no resucitó, la fe de ustedes es vana y ustedes están todavía en sus pecados» (1Cor 15,17). Esos cristianos de Corinto no estaban ya en sus pecados pasados; ellos llevaban ahora una vida nueva libre del pecado; pero esto no es posible, si ellos no hubieran muerto con Cristo al pecado y resucitado con él a una vida nueva. El testimonio más eficaz de la resurrección de Cristo –en realidad, el único testimonio de ese hecho– es la santidad de vida de los cristianos.

 

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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